Coruña era una fiesta
Hace unos días que han inaugurado en la Marina un local nuevo. Está frente al Teatro Colón, en el lugar donde la obstinada geografía de la memoria aún parece empeñada en ver brillar los neones del Kirs, buque insignia de la hostelería de la zona durante más de tres décadas. Pero lo cierto es que ya se han sucedido allí en los últimos doce o trece años otros establecimientos; primero el Vecchio, luego el Café Central. Ahora le toca el turno a este nuevo, el Hemingway, una cafetería/coctelería que busca inspiración en la figura del escritor norteamericano.
Cuenta el interior, en efecto, con una decoración que procura evocar la figura del nobel de Illinois. O tal vez de invocarla, de conjurarla como si fuese una especie de espíritu protector de la coctelería: es sabido que Hemingway sintió una pasión desmedida por los mojitos y el daiquiri y hasta se le atribuye la invención de un combinado explosivo a base de champán y absenta, el “muerte en la tarde”. En cualquier caso, la referencia al escritor estadounidense domina por completo el atrezo del local: hay enormes retratos suyos, máquinas de escribir que cuelgan de las paredes como trofeos de un safari y hasta una librería donde se apilan algunos ejemplares de sus obras.
Calentando en la mano mi gin-tonic, contemplo absorto una magnífica foto que adorna una de las paredes: “Papa” Hemingway, en unos sanfermines de finales de los cincuenta, reinando como un Baco barbado y encanecido frente a una mesa con vasos vacíos y botellas de vino y gente con pañuelo al cuello y guitarras y aire de cogorza de pacharán. Y me da por pensar en otra fotografía suya bastante anterior en el tiempo, pero tomada a no mucha distancia de donde yo estoy: Hemingway sentado a finales de los años 20 en un tendido de la antigua plaza de toros coruñesa, con una boina ladeada sobre la cabeza y una sonrisa complacida bajo el bigote.
Porque Hemingway también estuvo en Coruña, y no una vez, sino al menos en tres ocasiones. La primera fue en agosto de 1927, cuando aún era una promesa, para muchos incierta, de la literatura. Permaneció en nuestra ciudad unos diez días mientras corregía las pruebas de su segunda colección de relatos cortos, Men without Women. Desde aquí le escribió a un amigo que trabajaba para la revista Atlantic Monthly de Boston. En su carta le cuenta que Coruña era “una gran población tan metida dentro del Atlántico como Europa puede permitir” y que el lugar le recordaba mucho a Terranova. Quizá porque aunque estaban en pleno agosto a Hemingway, como a cualquier otro incauto turista del verano coruñés, le estuvo lloviendo todo el rato. Pero lo tomó con deportividad: “apenas escampa entre lluvia y lluvia, pero llueve de forma natural y parece que no te mojas”. Sin duda, a pesar de la lluvia, paseó Coruña arriba y abajo, porque alabó las calles, “calles bonitas y amplias, sin aceras ni cunetas”, y sacó el estómago de mal año: “la primera buena comida que he tomado en todo el verano”.
En el verano de 1929 visitó por segunda vez la ciudad. Se hallaba en aquellos días pasando una temporada en Santiago de Compostela en compañía de su segunda esposa, Pauline Pfeiffer. La pareja tenía su base de operaciones en un hotel compostelano, el Hotel Suizo, en la calle del Cardenal Payá. Hemingway estaba terminando de escribir A Farewell to Arms y entre capítulo y capítulo se desplazaba por Galicia siguiendo la brújula de sus bien conocidas aficiones: pesca, buena comida, sitios auténticos...y toros. A principios de agosto asistió al menos a una de las corridas que se celebraban en La Coruña con ocasión de las fiestas de verano. Fue entonces cuando le retrataron sentado junto a Pauline y otros amigos en el tendido 8 de la desaparecida plaza de toros coruñesa, que estaba donde hoy confluyen la avenida de Finisterre y la calle Médico Rodríguez.
No se sabe con certeza a cuál de las tres corridas programadas corresponde esa fotografía. Me gustaría pensar que fuese a la del 4 de agosto, porque en ella se vivió un momento perfecto para una página de Hemingway. Lo protagonizó el torero sevillano José García “Maera”, a quien el sexto de la tarde, Batidor, le envió a la enfermería con el traje de luces destrozado y un aparatoso puntazo en el vientre. Al cabo de unos minutos, el matador, vestido con unos pantalones prestados, salió de nuevo al ruedo a rematar la faena mientras el público lo ovacionaba enfebrecido.
Un recuerdo de aquella tarde de toros coruñesa —o quizá de otra presenciada durante una visita posterior de 1933 de la que apenas se conservan datos—, afloraría en su libro Death in the Afternoon, una especie de ensayo sobre la tauromaquia. En él asegura que, a pesar de haber asistido a más de trescientas corridas, tan solo había visto llorar en una plaza de toros en dos ocasiones: la primera, en San Sebastián, a una turista inglesa que no fue capaz de continuar viendo el espectáculo y abandonó las gradas; la segunda, a una joven española en la plaza de toros de La Coruña. Pero ésta, observa Hemingway, a pesar del llanto, no se movió de su asiento.
En un glosario que el norteamericano incluyó al final de esta misma obra explicando términos y ofreciendo consejos para los que deseasen iniciarse en los gozosos misterios del toreo y del casticismo hispánico, aparece una nueva mención a la ciudad herculina. Recomienda Hemingway los mejores sitios para beber una buena cerveza en España y no se olvida de citar Coruña, asegurando que en ella se bebe “una excelente cerveza de barril”.
En definitiva, los coruñeses podemos reivindicar a nuestro propio Hemingway, un Hemingway todavía treintañero que no sólo paseó y comió y bebió encantado en nuestra ciudad, sino que hasta habló con ingenua delicadeza de la lluvia coruñesa del verano: “The rain is natural and you don't seem to get wet”
Antes de apurar el último trago de mi gin-tonic alzo el vaso en dirección a uno de los retratos del norteamericano y en nombre de los coruñeses de todos los tiempos le agradezco el detalle:
—¡A la salud de usted, maestro!
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NOTA: No me parece improbable que durante los diez días que Hemingway pasó en Coruña en su primera visita de 1927 hubiese llegado a entrar en el local de la Marina que acaban de bautizar con su nombre. Pero no para tomar una copa, sino tal vez para comprar un poco de bicarbonato o un tubo de aspirinas, porque en aquel entonces ese bajo lo ocupaba la célebre Farmacia Europea de López Abente.



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