No se oyó ni un tambor
Se cumplen ahora 215 años de la muerte de sir John Moore y me vienen, como siempre, a la cabeza los primeros versos de aquel poema inglés: "Not a drum was heard...”:
No se oyó ni un tambor, ni una fúnebre nota / mientras acarreábamos su cadáver al bastión / ni siquiera un soldado descargó una salva de despedida / sobre la tumba donde enterramos a nuestro héroe.
Lo enterramos a oscuras en mitad de la noche / removiendo la tierra con nuestras bayonetas /a la luz exánime de la luna / y del débil resplandor de una linterna.
Así dicen, traducidas malamente, las dos primeras estrofas del que fue uno de los poemas británicos más célebres del siglo XIX: The burial of Sir John Moore After Corunna (El entierro de sir John Moore tras la batalla de La Coruña), que describe el apresurado entierro del héroe escocés por sus soldados mientras ruge de fondo la artillería francesa del mariscal Soult. El poema apareció originalmente en un diario irlandés en 1817 sin referencia alguna a su autor y fue reeditado varias veces durante los años siguientes en diferentes publicaciones británicas, siempre como composición anónima.
Thomas Medwin, amigo y biógrafo de Lord Byron, relató que cuando Byron leyó por primera vez este poema en una revista, lo recitó admirativamente en voz alta en presencia del propio Medwin y del poeta Shelley, afirmando que aquellos versos igualaban a lo mejor que había producido la poesía de su tiempo. El elogioso juicio de Byron, difundido por Medwin en su libro Conversaciones con Byron (1824), despertó el interés del público por el poema y se inició una suerte de competición en varios diarios ingleses por descubrir a su autor.
El desconocido poeta resultó ser un joven vicario rural irlandés que poco antes, con tan solo 31 años, había fallecido a causa de una tuberculosis. Su nombre era Charles Wolfe. A pesar de esa sensación conmovedora de algo vivido personalmente que había conseguido trasladar a sus versos, Wolfe no había sido uno de los soldados que enterraron a Moore, ni había estado nunca en Coruña; ni siquiera había servido en la campaña de la Península. Todo cuanto sabía de la muerte y del entierro de Moore lo había leído en las crónicas que Robert Southey publicaba sobre la marcha de la guerra en The Edimburgh Annual Register1.
Se desconoce el punto exacto de la urbe coruñesa en que tuvo lugar la escena que describe el poema de Wolfe, aunque se conjetura que fue en el desaparecido “Frente de tierra”, el tramo fortificado que defendía la Pescadería y que iba del puerto hasta el Orzán. Algunos meses después, cuando ya los gabachos habían abandonado la ciudad, se desenterraron los restos de sir John Moore y se les dio una sepultura más digna en lo que antaño se denominaba “la fortaleza vieja” y hoy es el Jardín de San Carlos, lugar donde reposan desde entonces.
El actual monumento sepulcral se erigió en varias etapas entre 1811 y 1838. En 1927 se añadieron, en el mirador del jardín que se asoma a la bahía, unas placas conmemorativas. En una de esas placas figuran grabados los versos de Wolfe. Ahí los he visto desde que era niño; y aunque entonces no sabía ni jota de inglés, aquellas palabras raras me infundían mucho respeto y me transmitían la idea de que allí, en el centro del jardín, estaba enterrado un señor extranjero muy importante. Un señor al que nos aterrorizaba molestar cada vez que, en un descuido, chutábamos el balón dentro de los muretes de su sepulcro. ¡Quizá sir John, allá dentro, al oír el balonazo, pensase que le caían de nuevo encima los proyectiles de la artillería napoleónica!
1 Esta es la noticia que de la sepultura de sir John Moore apareció en el Edimburgh Annual Register:
«El cuerpo fue trasladado a medianoche a la ciudadela de La Coruña. Un pelotón de soldados del noveno regimiento cavó una tumba junto a la muralla. Los oficiales se iban turnando para ayudar. No fue posible conseguir un ataúd y los asistentes del general envolvieron su cadáver, tal como estaba vestido, con la capa del uniforme y unas mantas. El entierro se llevó a cabo a toda prisa porque a las ocho de la mañana empezaron a escucharse disparos, y se temía que en caso de producirse el ataque habría que retirarse de allí sin hacerle los últimos honores».
Edimburgh Annual Register for 1808. Vol 1. Part 1 (publicado en 1810)


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