Desahuciando a lady Hester

 Ya no hay un solo guía turístico que pase ante las puertas cerradas del Jardín de San Carlos que no mencione a lady Hester Stanhope. Ya saben, la desconsolada novia de sir John Moore cuyo espectro vaga por los senderos del parque, incapaz de separarse del sepulcro de su antiguo prometido. Dicen que fue don Álvaro Cunqueiro, siempre dispuesto a inventar fantasmas entrañables y líricos en cualquier rincón de Galicia, quien forjó ex novo esta leyenda sobre el jardín de San Carlos allá por los años 50. Creo yo que la invención también le debe algo a Murguía, que fue el primero en fabular acerca de una misteriosa dama inglesa a la que se veía todos los años, el día del aniversario de la muerte del héroe de Elviña, poniendo flores junto a su tumba.

«Durante algunos años todos los días 16 de enero, se le vio llegar a la misma hora, permanecer algún tiempo al pie del sepulcro, y alejarse sola, triste, como un alma entregada a melancólicos recuerdos».

(«El sepulcro de Moore». Manuel Murguía, 1860)*.

Hoy por hoy, el fantasma de lady Hester tiene motivos doblados para el llanto, porque han talado los árboles centenarios del jardín de San Carlos y ver su muralla desnuda, desprovista de la cúpula que formaban las copas de los viejos olmos sobre el monumento funerario de sir John Moore, es, en verdad, un espectáculo muy deprimente. ¡Ya no arrullan las palomas sobre los árboles del jardín de San Carlos!

Para un fantasma que teníamos y estamos en un tris de ahuyentarlo para siempre. Pasear por un jardín talado y cerrado al público, al que han cubierto, además, con una red como si fuese el andamio de una obra, no es propio de un fantasma romántico como el de lady Hester, que quiere ser, si no visto, al menos sospechado; que quiere esparcir, como llevados de una brisa, los pétalos de una flor sobre la tumba del amado; que quiere confundir un quejido con el canto de los pájaros; que quiere esconder su silueta bajo la sombra ondulante de los árboles... Tener el jardín como lo tiene el Ayuntamiento es proponerse desahuciar al espectro de la dama británica.

Fue en el Líbano, convertida en una suerte de envejecida princesa de las Mil y una noches, donde realmente acabó sus días lady Hester. Y si ha decidido pasear su espíritu por Coruña quizá no haya sido sólo por visitar la tumba de sir John Moore, sino también porque los alegres parterres de San Carlos le recuerdan los de Chevening House, su mansión natal en Inglaterra; y porque le gusta asomarse al balcón del jardín coruñés a contemplar el Atlántico o a ver jugar al tenis en La Solana como si estuviese en Hampton Court en los días en que su tío, Pitt el Joven, era primer ministro. Pero tal como nos han dejado el jardín, triste, desarbolado y envuelto en una red de obra, que no nos extrañe si cualquier día nos enteramos de que el fantasma de lady Hester ha abandonado definitivamente San Carlos y ha regresado a las ardientes arenas del Líbano que la vieron morir.

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*Nota: En «Prosas recuperadas: o periodismo de Manuel Murguía (antoloxía básica 1853-1923)».


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