Azorín en las Bárbaras

 

    En noviembre de 1914 llegó Azorín en el tren correo a La Coruña. Venía a entrevistarse con el representante de una editorial argentina que hacía escala en la ciudad a bordo del transatlántico Zeelander.

La prensa gallega se hizo eco de la llegada del escritor. En el diario coruñés El Noroeste, el gastrónomo y ya por aquel entonces concejal Manuel Puga «Picadillo» publicó, en homenaje al visitante, una desternillante receta de una «Merluza a la Azorín» parodiando el estilo literario del alicantino.

Azorín se hospedó, cómo no, en La Ferrocarrilana, el emblemático y desaparecido hotel de la Rúa Nueva. Allá fue a buscarle el hermano de Julio Camba, Francisco, que por entonces hacía de corresponsal en Coruña de El Diario Español de Buenos Aires. Mientras conversaban dieron un corto paseo por la Ciudad Vieja. La crónica de Camba se publicó un par de meses después en El Noroeste.

Reproduzco aquí un largo fragmento del elegante artículo de Francisco Camba, en el que también rinde tributo a la característica arquitectura sintáctica de Azorín:


[...] subimos a la habitación que ocupa en el hotel y que parece inspirada en su literatura. Está blanqueada de fresco; tiene el piso de madera que cruje un poco cuando por él se anda. La cama es de hierro, con ropas blancas, nítidas. Un pequeño aguamanil llena uno de los ángulos. A la cabecera de la cama hay una estampa de la Virgen. Por las ventanas de guillotina entra el sol inundando el cuarto. Al través de ellas puede verse un gran trozo de la bahía, lleno también de sol. —Yo no comprendo—dice «Azorín»— cómo en La Coruña se pueda vivir donde no se vea el mar.

Esta idea del mar lo ha sumido en un nuevo silencio. Ha pensado, seguramente, que el mar es un camino: un camino para el tráfico y para las ideas. Y me pregunta qué partido saca La Coruña del mar; si los coruñeses viajan mucho, si van mucho al extranjero, si vienen aquí del extranjero muchas gentes, muchos periódicos, muchos libros...

Yo le digo que en La Coruña son muy frecuentes los viajes á Francia, á Inglaterra, á Alemania. Y que estos viajes se hacen siempre por mar. Se da el caso de muchos jóvenes que no estuvieron una vez siquiera en Madrid y que han vivido largos años en el extranjero.

Además, de todos cuantos barcos por aquí pasan, siempre descienden algunos representantes de la Europa ilustre que quieren conocer nuestro pueblo. Y todo esto hace que La Coruña reciba, para vender a sus vecinos y a los transeúntes, una regular cantidad de periódicos y de libros escritos en francés, en inglés, en alemán...

*****

Nos dirigimos a ver las calles. Yo no voy a esperar que la parte moderna de La Coruña produzca a este hombre la impresión de pujanza y actividad con que algunas ciudades tienen asegurado el respeto de los extraños. La nueva Coruña aún no es Barcelona, ni Bilbao siquiera. Y yo deseo que «Azorín» al marcharse de aquí, no recuerde solamente algunas calles como las que pueden verse en tantas otras ciudades españolas. La Coruña tiene una parte vieja que supongo ha de agradar a este escritor tan devoto de nuestras antigüedades características e ilustres. Hacia allá lo guío.

Y, como presumía, son estas iglesias, estas plazas, estos jardines, lo que más agrada a «Azorín». Son ante todo los nombres de las calles, que tantas veces pasaron por sus libros: calle de Damas, calle de Tabernas, calle de Veeduría, calle de la Sinagoga.

—Voy a llevarle ahora a un rincón completamente suyo...

Poco tiempo después nos encontramos ante el convento de monjas de Santa Bárbara. El portal se entreabre en una plazuela donde envejecen algunos árboles. La sombra de los altos muros llena todo el recinto. «Azorín» alaba aquella quietud, aquel recogimiento. Contempla los muros solemnes, donde hay hornacinas con santas imágenes y una ornamentación heráldica. El ilustre escritor me dice que aquello «es» de Valle-Inclán.

¿Dudará de mis dotes críticas? Entonces, seguro del éxito, le hago pasar al vestíbulo. Es una habitación amplia, embaldosada de piedra, con las paredes blancas de cal. Los tornos clásicos se ven allá en el fondo. Quiebran la austeridad de las paredes unas puertas arcaicas, de recuadros. Enfrente hay tres cuadros ingenuos y devotos. Debajo de ellos serpentea, en letras adustas, esta terrible máxima: «El placer de morir sin pena vale bien la pena de vivir sin placer». Y el silencio es allí profundo, austero, de panteón, casi ya de la otra vida.

Sonrío triunfante.

—¿Qué le parece?

—Es el siglo XVII. No Galicia, ni eso que han dado en llamar Europa. Es Toledo. Se ve que La Coruña, en otras épocas, estuvo mucho más íntimamente ligada que ahora con la capital del reino. Ahora, si no ocurriese lo que usted señaló antes, La Coruña sería una ciudad muerta. Yo no le encuentro la menor analogía con el resto de España. Por lo menos, no se advierte en ella influencia alguna de Madrid. Viniendo ahora, me pareció tan distante, tan separada, tan a tras mano, que por un momento creí que el tren se hubiera perdido en el camino. Yo me asomaba a la ventanilla. Veía aquella máquina arrastrando aquel solo coche, lejos de toda ciudad conocida, horas y horas y más horas, a pesar de llamarse el vehículo donde yo viajaba un tren rápido y no haber, entre Madrid y La Coruña, más de quinientos kilómetros de línea recta...Se lo confieso. Por veces pensé realmente que no era a La Coruña a donde me traía el tren, sino que ya estábamos fuera de España, en algún país misterioso...

Se queda un momento meditando, para añadir en seguida:

—Y, sin embargo, yo he podido advertir aquí algo de lo que usted me dice. El aspecto de la población es muy moderno, muy agradable. La gente se viste con elegancia, con pulcritud. Las calles son limpias. En los comercios hay objetos que revelan en la ciudad hábitos de refinamiento, de vida amplia, cómoda...Y, como lógicamente no se puede suponer que La Coruña hubiese sacado de sí misma todo eso y bien claramente se ve que la influencia de Madrid no llega a esta ciudad, hacíase necesario pensar en otras.


He aquí la favorable impresión que a Azorín le produjo aquella lejana Coruña del año 1914: una urbe agradable, pulcra, que aspiraba a llevar el paso de su época. Ha transcurrido más de un siglo y parece que la ciudad aún puede presumir de esas cualidades que merecieron el elogio de Azorín.

Y, por supuesto, también perdura, intacto, ese rincón coruñés que Azorín sintió atrapado en el siglo XVII: la plazuela de las Bárbaras.




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