Picasso: recuerdos coruñeses
A estas alturas, pocos coruñeses habrá que ignoren que Picasso vivió durante parte de su infancia en nuestra ciudad y que fue aquí donde el pintor dio las más tempranas muestras de su talento y donde expuso por primera vez su trabajo. Precisamente en unos días se cumplirá el 129 aniversario de aquella primera exposición. Fue en febrero de 1895; Picasso por aquel entonces no había cumplido aún catorce años. El lugar que acogió la exposición fue un comercio situado en el número 20 de la calle Real. En la prensa local de aquel entonces se publicaron algunas elogiosas —uno diría que hasta proféticas— líneas sobre el jovencísimo artista. Por ejemplo, estas del Diario de Galicia (22/02/1895):
Un pequeño pintor.
En uno de los escaparates de la calle Real se exhiben varias cabezas pintadas por un niño de trece años, hijo de un profesor de esta Escuela de Bellas Artes, P. Ruiz Picasso.
Lo primero que se admira en dichos trabajos es la precocidad; y lo segundo son ciertas adivinaciones de artista en algunos detalles. No dicen aquellas obras pictóricas que su autor es ya un artista. Pero algo dicen. Dicen que lo será. Y esto es mucho. Como mucho era lo que presagiaba a Cimabue de los nada correctos bosquejos de Giotto, que llegó a ser uno de los pintores más afamados.
En 1923, casi treinta años después de estos primeros balbuceos artísticos, se publicó también en la prensa coruñesa, concretamente en la Revista de la Casa América, germen de la famosa revista cultural Alfar, una curiosa crónica titulada “Una visita a Picasso”. Para entonces el artista ya estaba instalado en París y gozaba de fama internacional. La crónica la firmaba Ramón María Tenreiro, que además de traductor, escritor y autor de una curiosa recopilación de textos de novelas de caballerías, fue compañero de Picasso en el Instituto Eusebio da Guarda.
En la crónica, Tenreiro relata su llegada a la vivienda parisina de Picasso, situada en la calle de la Boétie, “la calle de las tiendas de cuadros y de las galerías de arte” y cómo se sorprende al hallar, en una salita a donde la doncella le hace pasar, un retrato del médico y político Ramón Pérez Costales, un personaje de enorme relevancia pública en la Coruña del último tercio del siglo XIX. Justo al lado de este retrato, admira también otro cuadro que representa a una muchacha gallega: “en otro lienzo, melancólicamente sentada en una silla baja, el codo en la rodilla y la cara en el dorso de la mano, una rapaciña aldeana, con refajo, pañuelo de pecho y pañuelo de la cabeza totalmente rojos”.
Después de ser recibido por el pintor y de que este le haya hecho entrar en su taller y le haya mostrado buena parte de las obras en las que está enfrascado en ese momento, el cronista desvía el tema hacia los días coruñeses de Picasso con una pregunta socarrona.
— Dígame usted, Picasso, ¿no se llama usted Ruiz de primer apellido?
— Exacto. Pablo Ruiz Picasso.
— ¿No era su padre D. José Ruiz, un malagueño alto y rubio, con trazas de inglés, que entre 1890 y 1900 fue profesor de dibujo en la Escuela de Bellas Artes de La Coruña?
—Exacto [...] En La Coruña pasé los últimos años de la niñez y los primeros de la mocedad. No he vuelto jamás por allí, pero no sabe usted el cariño que le conservo a aquella tierra, que me parece bellísima en el recuerdo. Mire, mire: aquí tengo postales de La Coruña: los Cantones, el Relleno, el Jardín de San Carlos, la Torre de Hércules, el Instituto Da Guarda, donde estudié mi bachillerato...
[...] Durante largo tiempo, sentados en las modestas sillas del taller, al lado de la revuelta mesa de trabajo, en aquel ambiente donde surgen a la vista algunas de las obras más significativas del arte contemporáneo, estuvimos cambiando y completando nuestros recuerdos de la áurea existencia estudiantil. Nos quitábamos la palabra uno a otro. ¿Se acuerda usted de Ballesteros? ¿Y de Casal? ¿Y de Don Pedro el Cruel? ¿Y de Alejo?...
He aquí, pues, esta singular estampa “cascarilleira” de Picasso: el genio que había puesto patas arriba el mundo del arte, charlando en su taller parisino sobre Coruña y sus viejos profesores del Eusebio da Guarda.



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