Paraguas
Se meten de los días de nuevo en agua y hay que volver a coger el paraguas. Josep Pla escribió una vez que el paraguas es uno de esos objetos perfectos y acabados a los que no se les puede hacer ninguna mejora sustancial y lo comparaba con la rueda. Y tiene que ser cierto, porque los coruñeses —que quizá con los dublineses y los compostelanos seamos los que más sabemos de lluvia del mundo— no hemos encontrado hasta ahora un instrumento más fiable para protegernos del agua. Un buen paraguas, amplio, de tela resistente y varillas robustas, no solo evita mojarse la cabeza, como hace la capucha, sino que defiende la ropa y los zapatos, que sin él quedan completamente a merced del aguacero.
El paraguas ha sido una de las manufacturas tradicionales de la industria coruñesa y en las calles más céntricas de la ciudad hubo siempre paragüerías. En el número 57 de la Calle Real, por ejemplo, allá por el siglo XIX, estuvo La Coruñesa, que tenía a la venta un variado surtido de paraguas y antucas (preciosa palabra, hoy en desuso) en algodón, satén, alpaca y seda. En los años veinte del pasado siglo hubo también paragüería en San Andrés 104, que anunciaba paraguas a precios muy populares. Y en los Cantones, en la emblemática casa donde murió sir John Moore y cuyo solar ocupa hoy el edificio del Banco Santander, funcionaba en los años cuarenta la paragüería El Bon Marché. Hoy toda esta tradición paragüera coruñesa la mantiene viva la Fábrica de Paraguas Carballo, que continúa vendiendo en el mismo establecimiento de la calle Panaderas 43 que inauguró en 1952 y que fabrica sus paraguas en un local de la calle de la Torre.
Soy de la opinión de que se debe apostar por la sabia y honesta industria paragüera local frente a la producción en masa y de bajo coste foránea. A la hora de la verdad, compensa. Hay que tener en cuenta que en Coruña llevar paraguas no implica sólo defenderse de la lluvia, sino también batirse con el viento. Esto tiene su secreto. Existe una particular esgrima o arte marcial del paraguas. Es una disciplina en la que uno debe iniciarse desde la infancia y que únicamente se llega a dominar con la experiencia. Sólo así se puede interiorizar el conjunto de movimientos y posturas necesarias para contrarrestar los embates del viento: saber imprimir a la cintura y a los hombros la torsión conveniente para corregir la posición del paraguas sobre la marcha; calcular cuál es el ángulo preciso en el que hay que rotar el paraguas para que no le de la vuelta el aire; intuir cuándo es obligado parapetarse tras la tela abierta como un hoplita que hiciese frente a una carga de caballería, etc.
No todos los viandantes atesoran esta peculiar habilidad ni todos los paraguas soportan este desafío. Una de las estampas habituales en los días del otoño o del invierno coruñés, cuando tras un chaparrón los últimos restos de lluvia gotean lánguidos desde las marquesinas y los aleros de los tejados, es ver algunos paraguas despanzurrados en mitad de la calle como tristes murciélagos difuntos. Son siempre paraguas publicitarios o de los chinos, inservibles para enfrentarse con éxito a la meteorología herculina. Porque es en la pelea con el aire donde se conocen los buenos paraguas. Un paraguas bien fabricado nunca sucumbe ante un viento que no haya alcanzado, por lo menos, la categoría de huracán con derecho a nombre propio. Y aun cuando eventualmente una racha consiga arrebatarlo de las manos de su dueño, no acabará en ningún caso yaciendo desvencijado en el suelo, sino que rodará con la serena elegancia de un acróbata o, tal vez, si lleva impulso suficiente, emprenderá el vuelo como un pájaro extraño y majestuoso. ¡Quién sabe si entre esos objetos volantes no identificados que vuelven ahora a preocupar tanto a los yanquis no habrá dos o tres paraguas coruñeses que el viento se llevó de la Marina o del Orzán!



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