Sombreros coruñeses
Parece que poco a poco regresa el sombrero. Este verano he visto en el top manta de la Calle Real mucho trilby, que es un sombrero que estuvo muy en boga a finales de los años 50 y primeros de los 60: el sombrero del Rat Pack; el sombrero de Tony Randall en aquellas comedias con Doris Day en las que oficiaba de eterno secundario; el sombrero que usaban los espías en las películas sobre la guerra fría.
Ojalá esta vuelta del sombrero se consolide y acabe desplazando a la deplorable gorrita de béisbol. Quizá entonces vuelvan los sombreros a los escaparates coruñeses. Porque ya no quedan sombrererías en Coruña. Debe hacer lo menos una década que cerró Dandy, donde lo mismo se podía comprar un sombrero austriaco que una pucha de paisano o una boina de requeté. Hasta hace nada había una sombrerería en la Estrecha de San Andrés que tenía un nombre fantástico, La Austrohúngara, pero el otro día pasé por allí y la vi cerrada. Al acercarme a la puerta, leí con alivio que el cierre es transitorio; que se mudan a la contigua calle Marqués de Pontejos. Si finalmente reabre, será esta la última sombrerería que sobreviva en la ciudad.
Cuesta creerlo, pero hubo un época en el pasado coruñés en la que floreció la industria del sombrero. En 1785 había tres sombrererías en la ciudad que producían unos 5000 sombreros al año. Muy poco después abrió la fábrica de Salabert, que empleaba en aquellos tiempos a 40 personas. Una publicación de la época relativa al comercio español, el Almanak mercantil o guía para comerciantes de 1799-1800 dice de este último establecimiento fabril:
Una [fábrica] de sombreros finos que estableció Don Juan Pedro Salabert, y hoy sigue por cuenta de Don Juan Francisco Barrie, en la que se fabrican de todas calidades y colores que exceden en uno y otro a los mejores ingleses, y se dan a precios más cómodos, habiendo merecido que Su Majestad se hubiese servido de algunos; ocupándose en ella muchos operarios.
Los mejores sombreros ingleses eran, entonces y ahora, los de Lock & Company, un establecimiento que conserva su ubicación original en la calle St. James de Londres y con cuyos sombreros se han tocado desde Lord Nelson y Oscar Wilde hasta sir Lawrence Olivier y Peter O'Toole.
Hemos de creer, por tanto, que la factura de los sombreros coruñeses excedió o al menos igualó a los de esta honorable firma. Y encima eran más baratos, lo que justifica, sin duda, que Carlos IV decidiera adquirir algunos para su guardarropa. Ahora habrá que preguntarse, entonces, si era coruñés el bicornio negro orlado de plumas y con escarapela roja que luce el monarca en el retrato ecuestre que le hizo Goya o aquel otro, más sobrio, pero igualmente imponente, que le pintó el genial aragonés cuando lo representó en traje de cazador. Y si en el mérito de dichas pinturas entra, además del talento del artista, la excelencia textil de la sombrerería herculina.



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